Son las 7 PM en Cabo Verde, dos horas más tarde que en Argentina, y Rosana Monteiro Lima acaba de volver de su finca, a unos 20 minutos de su negocio de fitocosmética natural Mamdyara, en Mindelo. Apasionada por las plantas medicinales, “como buena argentina”, su sueño era tener un espacio para cultivar y compartir con los clientes.
—Yo viví en Argentina hasta los 39 años. Tuve la influencia caboverdiana siempre en casa porque mi padre era de Cabo Verde y se fue para Argentina con 17 años. Fue la segunda camada, mi papá había nacido en el 32. Llegó a Ensenada, al puerto de Buenos Aires y después a Dock Sud, a una de las colectividades más grandes —relata Rosana.
Su padre, João Rómulo Monteiro Lima, salió de Cabo Verde embarcado, pasó por Senegal, y llegó a la Argentina de polizonte. Se profesionalizó como maître y llegó a tener un barco boite en la Costanera llamado Ciudad de Corrientes. Fue uno de los fundadores del Club Caboverdiano y de la Sociedad de Socorros Mutuos.
—Mi papá como todos los caboverdianos son personas resilientes y creativas. La realidad es que descubrí que mi papá era un luchador, pero que a la vez disfrutaba de lo que hacía. Esa veta que descubrí de él es algo que traje aquí a Cabo Verde —dice.
Rosana estudió informática y después Biología en La Plata. Tuvo dos grandes colegas, una botánica y un ecólogo, que le recordaron la influencia de su abuelo materno, un aborigen guaraní. Cuando su madre falleció, su padre estaba deprimido y entre los hermanos decidieron que él volviera a Cabo Verde. Rosana lo acompañó y nunca más se fue.
—Nunca me lo podría haber imaginado. De repente llego aquí a Cabo Verde. Desde el avión parecían tres granitos de arena. Yo siempre digo que fue como una mano de Dios que me sacó y me puso aquí —recuerda.
La adaptación no fue fácil. No entendía el creole, pero los caboverdianos, políglotas, empezaban a hablarle en español. Ella sigue hablando español. Fue pionera en buscar regulación para sus productos naturales.
—La gente es abierta. Le dicen morabeza, esto de acoger a la gente, algo que el argentino también lo tiene —explica.
Ahora, con la clasificación de Cabo Verde al Mundial, la pasión futbolística explotó. Rosana y su familia, incluido su marido senegalés y sus hijos, vivieron con intensidad los partidos de los Tiburones Azules.
—Con mi otro hijo, que se fue para Canarias, estuvimos todos hinchando por Cabo Verde. Ahora se nos va a romper el corazón el viernes. Porque estuvimos muy pendientes de los Tiburones Azules, lloramos, salimos a festejar, sacamos la bandera —confiesa.
—Mis hijos mayores, que son refútboleros, decían: “Wow, en principio se metieron todos adentro con España y quieren defender bien, pero ya en el segundo partido hicieron goles, marearon a los otros jugadores”. Vimos que habían conseguido tener una calidad futbolística que nos apasionó a todos. Ese día estábamos los tres, mi marido, mi hijo más pequeño, Mohamed y yo, compenetrados con dolor de estómago, sufriendo por que no le hagan el gol. Toda la sociedad aquí habla de ese sufrimiento. Nos volvimos locos. Salimos a festejar, algo que yo nunca había hecho —agrega.
Rosana espera que la pasión por el fútbol sea una herramienta de transformación para los jóvenes, alejándolos de la vulnerabilidad. Mientras tanto, el viernes, su corazón estará dividido entre Argentina y Cabo Verde.

Para mí esta mina es una vendepatria de mierda, se va a romper el corazón? Pero si Cabo Verde es una colonia del imperialismo, el fútbol es el opio del pueblo y ella una traidora. Viva Argentina y la lucha anticolonial, che.
Para mí esta mina es una vendepatria, se fue a una isla perdida y ahora sufre por Cabo Verde? Me parece que quiere que le ganen para no sentirse tan boluda. Argentina carajo, vamos a pasarles por encima como a todos. Aguante Messi y los negros de mierda que no entienden nada.