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Economía

Salud para ricos, muerte para pobres: el negocio que nos mata

Mientras los multimillonarios acceden a tratamientos de última generación, millones mueren por falta de atención básica. El sistema de salud global, diseñado para generar ganancias, deja un tendal de víctimas. En Argentina, el ajuste profundiza la brecha.

Por Redacción El Sereno · junio 21, 2026
Salud para ricos, muerte para pobres: el negocio que nos mata

Pensá en dos personas de cuarenta años. Las dos viven en la misma ciudad. Pero una nació en un barrio rico, y la otra en un barrio pobre. La primera, probablemente, va a vivir entre diez y quince años más que la segunda. No porque tenga mejor genética ni porque haga más ejercicio. Sino porque el sistema de salud no fue diseñado para las dos por igual.

Hoy vamos a hablar de algo que nos afecta a todos: la salud no es un derecho universal bajo el capitalismo. Es una mercancía. Vamos a ver cómo funciona a nivel mundial y quién se queda con el dinero, vamos a hablar del ajuste en Argentina, y vamos a imaginar cómo podría ser de otra manera.

Un bebé que nace en un país pobre tiene una probabilidad 13 veces mayor de morir antes de los cinco años que uno que nace en un país rico. El gasto en salud anual por persona de los países de altos ingresos supera los 3.000 dólares. En cambio, en los países de bajos ingresos es de menos de 40 dólares. Esa diferencia no es solo económica, es histórica. El subdesarrollo sanitario del llamado sur global no es un punto de partida, es el resultado. Siglos de colonialismo y décadas de dependencia financiera (deuda externa, ajustes del FMI, fuga de recursos) construyeron esa brecha. Los países con mayores ingresos son ricos, en gran parte, gracias a los países pobres.

La pandemia de COVID-19 lo mostró sin anestesia: los países ricos acapararon el 90% de las vacunas en los primeros meses de distribución. El resto de países tuvimos que esperar. Miles murieron mientras otros ya tenían el refuerzo.

Los datos son brutales. Según la OMS, en los países de ingreso bajo cada año mueren entre 5,7 y 8,4 millones de personas por falta de acceso a servicios de salud básicos, la mayoría son muertes evitables. En América Latina, la mortalidad materna es 7 veces mayor en el 20% más pobre de la población que la del 20% más rico. El gasto de bolsillo en salud (lo que pagás de tu propio sueldo cuando te enfermás) empuja a más de 30 millones de latinoamericanos a la pobreza cada año.

¿Y qué pasa con la diferencia en los países imperialistas? En Reino Unido, la esperanza de vida es de 18 años menos si vivís en un barrio pobre que si vivís en uno rico. En Estados Unidos, el país más rico del mundo, la esperanza de vida de los hombres afroamericanos es cinco años menor que la de los hombres blancos. Un sistema en el que las vidas negras no importan.

Estados Unidos, que tiene el 4% de la población mundial, concentra el 41% del gasto global en salud. Pero ese número hay que leerlo con atención: la mayoría de ese gasto lo absorben las aseguradoras, los laboratorios y los hospitales privados.

El problema de fondo es que el sistema está diseñado sobre la lógica de la demanda: no hay incentivo para la prevención, promoción o educación en salud, porque eso no factura. El sistema espera a que el paciente demande atención, y recién entonces actúa. El resultado es que millones de personas, incluso de clase media, evitan ir al médico hasta que es demasiado tarde, porque una consulta, un estudio, una internación puede significar un gasto imposible de afrontar o una deuda que te consuma la vida.

Esto lleva al hartazgo y a la desesperación, que se sienten cada vez más. En diciembre de 2024, Luigi Mangioni asesinó a Brian Thompson, CEO de UnitedHealth, una de las aseguradoras más grandes del mundo, conocida por rechazar sistemáticamente coberturas a sus afiliados. ¿Y cuál fue la reacción? Miles de personas que expresaron su simpatía y apoyo a Luigi, porque reconocieron en ese acto la rabia acumulada de una sociedad donde la gente muere porque una empresa decidió que su tratamiento no era rentable.

Hay un problema estructural y también hay una tendencia activa al recorte. El FMI y el Banco Mundial han impulsado durante décadas políticas de austeridad que incluyen la reducción del gasto público en salud. Mientras tanto, el gasto militar global alcanzó en 2023 un récord histórico de 2,2 billones de dólares. En ese año, EE.UU. gastó en defensa más de 900.000 millones de dólares. En comparación, la OMS tiene un presupuesto anual de apenas 6.000 millones de dólares para coordinar la salud global. Hay plata. La cuestión es para qué se usa y quiénes toman esas decisiones.

La definición oficial de la OMS dice que la salud es «un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedades». ¿Idealista, no? Sobre todo en este sistema… que lo hace aún más utópico para la mayoría.

La salud no puede entenderse separada de las condiciones materiales de vida. Federico Engels lo planteó ya en 1845, en La situación de la clase obrera en Inglaterra: la enfermedad no viene del cielo, viene de las condiciones de trabajo, de la vivienda, del hambre, del agotamiento. Escribió: «Esas personas se han hallado tan débiles que ciertos casos; que en otras circunstancias hubieran evolucionado favorablemente, implican necesariamente graves enfermedades y la muerte.»

Marx no escribió un libro sobre salud. Pero sí desarrolló algo que permite entender este sistema en profundidad: la distinción entre valor de uso y valor de cambio. Una vacuna tiene un enorme valor de uso: previene enfermedades. Pero en el capitalismo, lo que importa no es si la vacuna salva vidas, sino si alguien puede pagar por ella y cuánta ganancia produce. Cuando el valor de cambio manda sobre el valor de uso, la salud se convierte en mercancía. Y estas no se distribuyen por necesidad sino por poder adquisitivo.

Según la OMS, más de 1.000 millones de personas en el mundo viven con alguna problemática de salud mental. La depresión es una de las principales causas de discapacidad a nivel global. Estos números no caen del cielo. Si bien muchas veces nos intentan mostrar que son problemas individuales, la ansiedad, la depresión, el agotamiento crónico son en parte consecuencias de condiciones materiales concretas: jornadas laborales interminables, precariedad, deudas, soledad, ausencia de futuro. El capitalismo produce padecimiento mental de manera sistemática y después lo trata como un problema personal. Te dice que estás roto, cuando en realidad es el sistema el que te rompe.

Y ahí aparece el negocio. La industria farmacéutica encontró en la salud mental un mercado en expansión permanente. Los antidepresivos y ansiolíticos mueven miles de millones de dólares al año globalmente. En muchos casos la medicación puede ser necesaria, pero el problema aparece cuando el primer recurso es la pastilla y el último, preguntarse por qué tanta gente está mal al mismo tiempo. Medicalizar el malestar social es una forma de despolitizarlo.

Comentarios

  1. Para mí esto huele a genocidio de clase: los ricos se compran la vida mientras nosotros nos pudrimos en la lista de espera. ¡Basura de sistema! La muerte es su negocio, la lucha es nuestra. Argentina, despertá, que acá el ajuste mata pobres.

  2. Para mí, esto huele a lloriqueo de zurditos. Si no tenés guita, morite nomás, así se limpia la raza. Yo banco mis impuestos para mi salud, no para vagos. Viva la libertad, carajo!

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