Alberto Lebbos no logra sonreír. Lo intenta, sí, pero no puede. Apenas si logra forzar una mueca en su rostro adusto. Sus ojos tristes, siempre caídos, reflejan el motivo de su derrotero: hace 20 años, su hija Paulina fue asesinada en Tucumán, su tierra natal. La historia de Alberto es un espejo de dolor y pérdida, un recordatorio de que la justicia a veces se tuerce cuando el poder mete la cola.
Paulina tenía 23 años y un millón de sueños por delante. Uno de ellos era ser periodista. De hecho, estudiaba para eso. Pero el 26 de febrero de 2006 fue asesinada cruelmente, en el marco de una trama que aún hoy no termina de resolverse. Porque allí aparecen involucrados los “hijos del poder”: esos jóvenes que se creen impunes e intocables porque sus padres ostentan cargos de relevancia en el gobierno. Abusan de esa condición y avanzan en conocidas “fiestas negras”, donde no faltan drogas, alcohol y abusos de todo tipo.
En el caso de Paulina, los sospechosos fueron de alto calibre: Eduardo Di Lella, exsecretario de Seguridad tucumano; Hugo Sánchez, exjefe de Policía; Nicolás Barrera, exsubjefe de la fuerza; Héctor Brito, exjefe de la Unidad Regional Norte; y Waldino Rodríguez, expolicía de Raco. Pero no es todo. En el juicio quedó al descubierto que Sergio Kaleñuk, hijo del secretario privado del entonces gobernador José Alperovich, incurrió en numerosas contradicciones. Peritajes revelaron que durante la mañana del asesinato se registraron varias llamadas de Kaleñuk con Di Lella, Barrera y hasta con la custodia de Alperovich.
Incluso uno de los hijos del exgobernador fue investigado: Daniel Alperovich debió someterse a una prueba de ADN. Pero la ensalada de nombres conspiró contra la investigación. Porque así es Tucumán: un terruño donde gobiernan las mafias, sin importar los colores políticos. Todos son socios de todos. El entonces gobernador, al enterarse de que su hijo estaba entre los sospechosos, ordenó cajonear la investigación. El crimen quedó impune.
Alberto ha perdido la esperanza. Y, en consecuencia, la sonrisa. Sabe que difícilmente el crimen de Paulina se resuelva alguna vez. Pero no se rinde. Sigue marchando en la emblemática Plaza Independencia de Tucumán, justo enfrente de la gobernación. Molesta a los poderosos, que siempre le temen. Y jamás han podido comprarlo.
En 2017, un periodista fue a presentar su libro sobre Susana Trimarco y le prometió a Alberto que investigaría la muerte de Paulina. Alberto solo dijo “gracias” y lo abrazó. Un gesto casi de salvación. Hoy, en el Día del Padre, el periodista volvió a saludarlo. La respuesta de Alberto lo sorprendió: “Muchísimas gracias por su gesto que valoro y aprecio!!!”. Trató de imaginar su rostro a la distancia, con esa mueca que nunca será una sonrisa. Y volvió a prometerle lo mismo que en 2017: avanzar en un libro sobre la tragedia imposible de su hija.
Paulina Lebbos es una mancha para la justicia y para el peronismo encubridor de Tucumán. Alberto, el padre que no puede sonreír, sigue luchando. Porque la verdad, aunque tarde, siempre encuentra una rendija.

para mi hace 20 años y la justicia sigue siendo una garcha todo x los hdps de siempre los hijos de puta del poder justicia paulina carajo alberto no estas solo los chorros de guantes blancos nos deben una vamos a luchar x los pibes
Para mí este Alberto Lebbos es un héroe nacional. 20 años contra el sistema corrupto de Tucumán, los hijos del poder se creen intocables. Kukas y peronchos se tapan entre ellos, esto huele a mafia. Que se pudran todos, la justicia no existe en este país.