El dolor la noqueó. Pero no la tumbó. Mónica Alonso, emprendedora entrerriana de 51 años, perdió a su marido hace 19 años en cuestión de minutos. Esa mañana compartían unos mates. A la media hora, él estaba en terapia intensiva sin posibilidad de recuperación. El mundo se le vino abajo. Pero sus hijos, de apenas 7 y 13 años, la sacaron del pozo con una frase que todavía le quema: “Mamá, ¿qué vamos a hacer? Porque nosotros estamos vivos”.
Frente a ellos había 40 colmenas casi abandonadas y ninguna certeza. Pero también estaba el sueño que Mónica llevaba guardado desde los 8 años, cuando con un tenedorcito desoperculaba panales de abejas en la casa de sus tíos. “Eso me enamoró para siempre”, recuerda. Y ese amor la llevó a apostar todo por la apicultura.
El arranque fue durísimo. Sin recursos, Mónica viajaba sola desde Paraná hasta Garza, Santiago del Estero, en colectivo. Salía a las siete de la tarde y llegaba a las cuatro de la madrugada. Desde la terminal caminaba varias cuadras hasta una casa prestada. Después conseguía una camioneta prestada o alquilada y pasaba el día entero en el monte, bajo un sol de 50 grados, cuidando sus colmenas. Las noches eran las peores: “Muchas noches me pasé llorando porque mis hijos quedaban solos”.
Pero no aflojó. Ni cuando perdió todo tres o cuatro veces. Ni cuando su propia hija le rogaba que dejara de ir al norte. “Yo sabía que el norte me iba a dar lo que buscaba”, dice. Y así fue. El monte santiagueño, con su floración extensa, le permitió producir miel de calidad premium. Pero con producir no alcanzaba: los tambores de 200 kilos se vendían baratos. Entonces decidió envasar ella misma. Transportaba la miel en tachos de 20 kilos dentro del colectivo, llenaba frascos uno por uno y salía a venderlos caminando por los comercios de Paraná. “Hasta que no vendía todo no volvía a casa”, cuenta.
Hace 10 años rebautizó su emprendimiento como Miel Nativa, un homenaje al monte que le cambió la vida. Hoy produce entre 10.000 y 15.000 kilos de miel por año, con variedades que van desde azahar de limón de Tucumán hasta mistol, atamisqui, girasol y algarrobo. Sus apiarios están distribuidos en Santiago del Estero, Tucumán, Santa Fe y Entre Ríos. Y el año pasado, en la feria Caminos y Sabores, obtuvo el premio a la mejor miel. “Se me vino el recuerdo de todos los años de sufrimiento”, dice.
Mónica sigue soñando: quiere producir miel de lavanda y trabajar con las yungas salteñas. “Solo le pido a Dios mucha salud”, cierra. Una historia de resiliencia que demuestra que, a veces, la fuerza viene de los más chicos.

Para mí esta mina es un ejemplo de que la familia y el laburo duro son lo único que importa. Mientras los zurdos lloran por subsidios, ella se puso las pilas y le ganó a todos. La mejor miel del país, bien argentina. Los progres quieren destruir el campo, pero acá tienen la prueba de que el esfuerzo individual da resultados. ¡Viva ella y viva la libertad carajo!
Para mí esta mina es una capa, eh. Mientras los giles del agronegocio se llenan de guita con soja transgénica, ella labura como una bestia para sus pibes y encima gana premios. El capitalismo la dejó viuda y en la lona, pero ella le metió un golazo. Viva la miel de la clase obrera, carajo. Firmado: El Comandante Panza.