Hace exactamente medio siglo, un hecho aberrante sacudió a Estados Unidos y al mundo entero. En la pequeña localidad agrícola de Chowchilla, California, 26 chicos de entre 5 y 14 años fueron arrancados de su rutina veraniega para ser enterrados vivos en un agujero. Lo que siguió fue una lucha por la supervivencia que quedó grabada a fuego en la memoria colectiva.
Era la tarde del jueves 15 de julio de 1976. El micro escolar de la escuela Dairyland recorría los caminos rurales con 26 alumnos a bordo, algunos con el pelo aún mojado después de un día de pileta. El conductor, Frank Edward “Ed” Ray, de 55 años, conocía el trayecto de memoria. Pero ese día, el destino les tenía preparada una trampa mortal.
Una camioneta blanca apareció detenida en medio del camino, con el capó levantado. Ray aminoró la marcha para ofrecer ayuda, pero antes de frenar, un hombre con una media de nailon en la cabeza y una escopeta en la mano se plantó frente al micro. Detrás, otros dos encapuchados completaban el comando. Uno apuntó a Ray, otro tomó el volante y el tercero siguió en la camioneta. Los chicos, aterrorizados, vieron cómo el rostro del secuestrador se convertía en dos huecos negros a través de la media.
Los secuestradores desviaron el micro hacia el lecho seco de un arroyo, oculto entre cañas y ramas. Allí, trasladaron a los chicos a dos camionetas con ventanillas pintadas de negro y paredes insonorizadas. Los obligaron a saltar de un vehículo a otro sin tocar el suelo, para no dejar huellas. Una niña de 10 años, Jodi Heffington, sintió el caño de la escopeta apoyado en su estómago mientras le ordenaban subir. Creyó que le iban a disparar.
Durante once horas, las camionetas avanzaron sin que los chicos pudieran ver el exterior. El calor era sofocante. Los más pequeños lloraban; los mayores intentaban calmarlos. Mientras, en Chowchilla, las familias comenzaban a desesperarse. El micro apareció vacío, oculto entre la vegetación, pero no había rastro de los chicos. La policía y el FBI montaron un operativo sin pistas.
Ya de madrugada, los secuestradores detuvieron los vehículos en una cantera de Livermore, a más de 160 kilómetros de Chowchilla. Hicieron bajar a los chicos de a uno, iluminándolos con linternas, preguntándoles nombre y edad, y anotando todo en envoltorios de hamburguesas. Luego señalaban un agujero en el suelo: “Vas a bajar por ahí”.
Ese agujero conducía a un viejo remolque de camión enterrado a tres metros y medio de profundidad. Adentro había colchones, agua, cereales, pan y mantequilla de maní. Dos baños improvisados y ventiladores que hacían circular el aire. Todo estaba preparado. Pero cuando todos estuvieron dentro, los secuestradores retiraron la escalera, cerraron la tapa, colocaron baterías industriales encima y comenzaron a cubrirla con tierra. Desde abajo, los chicos escucharon las paladas sobre el techo. Luego, el silencio y la oscuridad total. Los habían enterrado vivos.
Ed Ray y los mayores revisaron las paredes en busca de una salida, sin éxito. Intentaron levantar la tapa, pero no pudieron. Con el paso de las horas, la comida y el agua se agotaron, los ventiladores dejaron de funcionar y el techo comenzó a ceder bajo el peso de la tierra. El polvo caía sobre ellos y las paredes se arqueaban. Entendieron que esperar era morir.
Entonces comenzó la fuga desesperada. Apilaron los colchones debajo de la abertura, se treparon unos sobre otros. Ray sostenía la estructura mientras Michael Marshall, de 14 años, empujaba la tapa. Los demás alentaban desde abajo. Finalmente, la tapa se movió. Michael logró pasar por una rendija y comenzó a cavar con las manos. “Pensé: si vamos a morir, moriremos intentando salir”, recordó años después. De pronto, la tierra cedió y un rayo de sol entró en el remolque. Michael asomó la cabeza y no vio a nadie. Ayudó a los demás a salir. Habían estado 16 horas bajo tierra.
Cubiertos de tierra, avanzaron entre excavadoras y cintas transportadoras. Los trabajadores de la cantera los miraban sin entender. Ed Ray llegó hasta la casilla del guardia y pidió ayuda. Todos estaban vivos. El secuestro masivo de Chowchilla pasó a la historia como el más grande de Estados Unidos. Los secuestradores fueron capturados y condenados. Pero el horror de aquellos chicos enterrados vivos sigue siendo una cicatriz imborrable.

para mi esto es una locura 26 pibes enterrados vivos y los zurdos de siempre llorando por derechos humanos a esos hijos de puta ni juicio les daba soga y palo no mas la seguridad primero siempre firmado ElGauchoPensante
Q terriblé 50 años y los yankis siguen enterrando pobreza esos pibes se escaparon cavando con las manos mientras los ricachones se hacen los boludos pa mi el capitalismo es una fosa común abajo el sistema viva la lucha obrera firulete