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¿El gobierno más corrupto de la historia? La verdad detrás del escándalo Milei

Cada vez más voces señalan al gobierno de Javier Milei como el más corrupto de la historia argentina. ¿Hay evidencia o es pura militancia? Analizamos los datos, las denuncias y la hipocresía de un discurso que prometió moral y terminó envuelto en sospechas.

Por Redacción El Sereno · junio 19, 2026
¿El gobierno más corrupto de la historia? La verdad detrás del escándalo Milei

La pregunta resuena en cada rincón de las redes sociales, en los programas de televisión y en las charlas de café: ¿es el gobierno de Javier Milei el más corrupto de la historia argentina? La respuesta corta es no. Al menos, no existe evidencia objetiva que permita afirmarlo de manera categórica. Pero eso no significa que la administración libertaria esté exenta de sospechas, denuncias o escándalos. Por el contrario: a poco más de dos años y medio de gestión, el Gobierno acumula investigaciones judiciales, cuestionamientos éticos y polémicas vinculadas con la transparencia. Equipararlo, sin más, con los períodos más oscuros de la corrupción argentina implica desconocer tanto la historia como los criterios básicos para medir este fenómeno.

La corrupción no se mide por la intensidad del debate en redes sociales ni por la cantidad de denuncias mediáticas. Se evalúa a partir de indicadores concretos: investigaciones judiciales, condenas firmes, desvío de fondos públicos, mecanismos de control institucional y niveles de transparencia. Desde el retorno de la democracia, la Argentina atravesó numerosos escándalos que terminaron con funcionarios condenados o procesados: la venta ilegal de armas durante el gobierno de Carlos Menem, el caso IBM-Banco Nación, las coimas en el Senado durante la gestión de Fernando de la Rúa, la tragedia de Once y las causas por direccionamiento de la obra pública durante los gobiernos kirchneristas son algunos ejemplos. Frente a esos antecedentes, resulta prematuro afirmar que la gestión Milei encabeza el ranking histórico de la corrupción. Sin embargo, también sería un error minimizar las señales de alerta.

El denominado “caso $LIBRA” se convirtió en el principal dolor de cabeza político del Presidente. La Justicia investiga si existieron delitos vinculados con la promoción de la criptomoneda que terminó desplomándose horas después de su lanzamiento, generando pérdidas millonarias para miles de inversores. La causa analiza posibles delitos como estafa, tráfico de influencias y negociaciones incompatibles con la función pública. A esto se suman denuncias por presuntas irregularidades en créditos otorgados por la banca pública a funcionarios, cuestionamientos por la concentración de poder en el círculo más cercano al Presidente y críticas de organizaciones civiles por decisiones que, según especialistas, debilitan los mecanismos de control y participación ciudadana.

El problema central, quizás, no sea determinar si Milei lidera un hipotético ranking de corrupción, sino analizar la contradicción entre el discurso y los hechos. El Presidente llegó al poder prometiendo una batalla frontal contra “la casta”, asegurando que terminaría con los privilegios y devolvería la ética a la función pública. Esa vara autoimpuesta es mucho más alta que la que enfrentaron otros gobiernos. Por eso, cada denuncia golpea con mayor fuerza. No sólo por su posible gravedad institucional, sino porque erosiona el principal capital político del oficialismo: la idea de que representa una alternativa moral frente a la dirigencia tradicional.

La historia argentina demuestra que la corrupción no es patrimonio exclusivo de una ideología o un partido político. Ha atravesado gobiernos peronistas, radicales, liberales y coaliciones de distinto signo. Calificar al gobierno de Milei como “el más corrupto de la historia” es, por ahora, una afirmación más cercana a la consigna partidaria que al análisis riguroso. La discusión relevante debería ser otra: si las instituciones de control funcionan, si la Justicia investiga con independencia y si el Gobierno está dispuesto a someterse a los mismos estándares de transparencia que exige a sus adversarios. Porque la corrupción no sólo se expresa en el dinero mal habido. También aparece cuando se debilitan los controles, se concentran las decisiones y se naturaliza la opacidad. Y eso, independientemente del color político de quien gobierne, siempre termina debilitando la democracia.

Comentarios

  1. Para mí, esto huele a la misma mugre de siempre: Milei el moralista, puro verso. Yo creo que mientras prometía limpiar la corrupción, ya lo tenemos con denuncias hasta el cuello. Se les ve la hipocresía, la misma basura de siempre con otro cascarón. Ahora bancatelá, libertombos.

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