Hace exactamente 60 años, un 28 de junio de 1966, las Fuerzas Armadas derrocaban al presidente Arturo Umberto Illia. Pero la historia no empezó ese día. Empezó mucho antes, con una campaña de desprestigio que lo tildó de lento, irresoluto y burocrático. Una campaña perfectamente orquestada por los grandes intereses económicos, la prensa cómplice y el peronismo, que esperaba su revancha.
En apenas 1000 días de gestión, Illia logró lo que muchos gobiernos no consiguen en décadas: sancionó la Ley de Salario Mínimo Vital y Móvil, reguló el precio de los medicamentos enfrentando a los laboratorios extranjeros, redujo la deuda externa, achicó el gasto público, aumentó el presupuesto educativo a niveles récord y logró un crecimiento del PBI del 10% anual, especialmente el industrial. El desempleo cayó y la distribución del ingreso mejoró. Pero todo eso no alcanzó.
Illia cometió el pecado de gobernar con honestidad. No usó los medios oficiales para defenderse. No reprimió. No derramó sangre. Confiaba en el valor pedagógico de la democracia. Pero la city, los laboratorios, la Unión Industrial Argentina y la CGT, manejada por el peronismo, no se lo perdonaron. La prensa lo crucificó: lo mostraban como un presidente sin autoridad, apegado a prácticas partidocráticas, lento e inoperante.
El golpe tuvo su prólogo en una reunión con David Rockefeller, el banquero más poderoso del mundo. Rockefeller quería radicar el Chase Manhattan Bank en Argentina, pero exigía cambios en la ley de bancos. Illia lo enfrentó: “Pregúntele al señor Rockefeller qué pensaría si un banquero argentino le exigiera al presidente de EE.UU. que cambie la ley de reserva federal para invertir en ese país”. Rockefeller se ruborizó. La audiencia terminó. Tres meses después, Illia fue derrocado. Onganía reformó la ley de bancos punto por punto como quería Rockefeller.
El peronismo, que había sido proscripto, también jugó su papel. Illia había anulado los contratos petroleros firmados por Frondizi, lo que enfureció a los inversores extranjeros. Su proyecto de democratizar los sindicatos chocó de frente con la CGT. Y la Ley de Medicamentos, que congelaba precios, desató la furia de los laboratorios. Todos ellos confluyeron en el golpe.
Illia murió en la pobreza, en la cama de un hospital público. Desmintió a quienes creen que la función pública es para enriquecerse. Años después, muchos de los que conspiraron se arrepintieron. Pero el daño ya estaba hecho: la Argentina perdió una oportunidad única de tener un gobierno honesto y eficaz.
Hoy, a 60 años de su muerte, la historia lo reivindica. Illia forjó en muchos ciudadanos el valor de actuar conforme a las propias convicciones. Su legado es un espejo donde mirarnos: un presidente que no se vendió, que no reprimió, que gobernó para el pueblo y no para los poderosos. Ojalá aprendamos la lección.

Para mí Illia fue un infeliz que le entregó el país a los sindicatos. Menos mal que lo rajaron, sino hoy seríamos una villa miseria como Venezuela. Viva la libertad carajo, esto huele a zurdo resentido.
para mi illia era un capo pero los buitres de la city y los peronchos gorilas lo voltearon por honesto la deuda baja laburo y crecimiento al palo y estos hdp prefieren el caos mal paridos se rien de la patria illia vive en el pueblo soretes ✊