El cineasta francés Cédric Klapisch vuelve a la carga con una propuesta que promete remover las estructuras del pensamiento contemporáneo. En su última película, Los colores del tiempo (título original La venue de l’avenir), el director se mete de lleno en una reflexión sobre el tiempo, el amor y el arte como herramientas para escapar de la alienación capitalista.
La trama arranca con un hecho que parece menor pero que desencadena una tormenta de emociones: treinta descendientes de Adele Meunier, la última ocupante de una casa rural en Normandía que permaneció cerrada desde 1944, se reúnen para decidir el destino de la propiedad. El gobierno local quiere comprarla para construir un centro comercial y un estacionamiento, pero los herederos tienen otros planes. Cuatro de ellos son elegidos como delegados para abrir la casa y realizar el inventario, y a partir de ahí, la historia se desmadra.
Conocemos a Seb (Abraham Wapler), un joven fotógrafo y creador de contenido digital que vive enredado en una relación con una modelo; a Guy (Vincent Macaigne), un apicultor y activista contra los agrotóxicos; a Celine (Julia Piaton), una ingeniera en transporte que atraviesa una crisis de pareja, y a Abdel (Zinedine Soualem), un profesor de literatura a punto de jubilarse. Cuatro almas perdidas en el vértigo del siglo XXI que, al adentrarse en la vieja casa, se topan con cartas, fotos y un cuadro impresionista que los transportan a otra época.
Klapisch no se anda con chiquitas: introduce un viaje alucinógeno de ayahuasca que funciona como portal temporal, al estilo de Medianoche en París de Woody Allen, pero con un mensaje mucho más político. La película plantea que el futuro no es una línea recta que arranca desde el presente, sino una irrupción discontinua del pasado que cortocircuita el ahora y obliga a reinventarlo todo. Una idea que, en tiempos de algoritmos y productividad a toda costa, suena a grito de libertad.
El director francés juega con el montaje alterno, los sueños y los cortes temporales para establecer paralelismos entre las épocas. Así, vemos cómo se repiten los triángulos amorosos: el de la joven Odette (Sara Giraudeau) con el fotógrafo Felix Nadal y el pintor Eduard Monet; el de la joven Adele con el fotógrafo Lucien y el pintor Anatole; y el de Seb con su novia modelo y una cantante. Todos enfrentados a la misma disyuntiva: venderse como mercancía o apostar por el arte como experiencia única e irrepetible.
La película también reflexiona sobre el salto tecnológico de la pintura a la fotografía y de lo analógico a lo digital, pero sin caer en el facilismo de demonizar la tecnología. Klapisch muestra que el problema no es la herramienta, sino el uso que se le da: si para fines mercantiles o para capturar un instante de goce irrepetible. Una escena clave muestra a Monet pintando Impresión, sol naciente (1872), tratando de atrapar esa luz única del amanecer junto a la mujer amada. Ahí está la clave: el arte como resistencia a la cuantificación de todo.
Los colores del tiempo es una película bella y emotiva, que invita a frenar el ruido digital y reconectar con la mansedumbre del tiempo, con el encuentro entre los cuerpos. Una apuesta a abrir un lapso que corte la repetición de lo mismo y encienda la chispa de un nuevo futuro. En tiempos de ajuste y desesperanza, un respiro necesario.

Para mí esto es una pelotudez atómica. Klapisch y su cine zurdo queriendo frenar el capitalismo con arte, jaja. El tiempo es lineal y el mercado manda, no vengan con cuentos de colores. Arte es para entretenerse, no para resistir nada. Vayan a laburar, che.
Para mí esta peli de Klapisch es un misil directo al corazón del capitalismo, justo lo que necesitamos pa’ despertar. El tiempo no es mercancía, los zurdos sabemos que la vida no se vende. Los liberales de mierda que nos quieren cronometrar hasta el alma, que se vayan a laburar a Wall Street. Vamo’ a verla y a rebelarnos.