La política de ajuste y el punitivismo de Milei buscan disciplinar a una juventud a la que el sistema solo le ofrece exclusión. Contra la fragmentación y el descarte, la urgencia de construir una salida política propia desde abajo. Crónica de un joven trabajador del barrio Punta Diamante.
Punta Diamante y El Chingo son dos barrios populares separados del centro de San Salvador de Jujuy por las defensas del Río Grande. Allí, las promesas de los políticos patronales siempre fueron humo. Si vas por el centro con ropa deportiva, gorrita y capucha, siendo negro y de barrio, quedás expuesto a la discriminación. Te pueden decir negro de mierda o villero de mierda, gente que se considera de bien. En la peatonal, a los mozos los apuran sus patrones a echarte, no vaya a ser cosa que los clientes se incomoden.
Esa discriminación no es natural: tiene un objetivo. Busca justificar la desigualdad y la exclusión, y dividirnos desde arriba. Quieren que quien tiene un trabajo más estable nos vea como competencia, con miedo o prejuicio; que el negro acepte trabajos duros, casi sin derechos y por poca plata; que no pueda acceder a un empleo en blanco. Eso beneficia a la patronal: si no aceptás las condiciones que te imponen, siempre habrá otros veinte atrás dispuestos a agarrar ese laburo, incluso por menos. Para eso sirve la discriminación: para que se acepten las desigualdades y para que la respuesta política sea la cárcel o la represión.
En El Chingo y Punta Diamante, la vida es dura. No es de ahora, recuerdo que en el 2005 no había parques, jardines ni escuelas capaces de contenernos. Lo que sí estaba siempre presente era la policía. Le decíamos cana, botón, berenjena, zanahoria o pollito abusador, porque abusaban de su poder. Según las cifras oficiales, en Jujuy la pobreza superaba el 52%. Muchos subíamos al centro para ver qué sobraba en los restaurantes, vender en la calle o trabajar de trapitos y juntar unos mangos. El hambre apretaba, mientras en casa nuestros viejos estaban desocupados o laburaban todo el día por monedas.
La respuesta de la cana era el verdugueo y el abuso: te llevaban a la seccional, te maltrataban, te pegaban hasta cansarse y te obligaban a desnudarte para humillarte. A las mujeres también las violentaban. Había violaciones dentro de las comisarías, pero todo quedaba siempre encerrado ahí. Pasaron veinte años, gobernadores e intendentes, y las promesas fueron siempre las mismas: urbanizar el barrio, derrotar la pobreza. Mentira. Gerardo Morales y Natalia Sarapura llegaron a prometer que Punta Diamante iba a crecer, pero la realidad no cambió. Los políticos patronales se llenaron la boca en campaña, les mintieron a los vecinos y después desaparecieron. Mientras tanto, muchos presidentes de centros vecinales, en vez de organizar al barrio para pelear contra esta situación, terminaron como punteros de esos mismos políticos: apagando la bronca con un pan para hoy y resignación para mañana, mientras buscaban su propio acomodo.
Los partidos tradicionales, como la UCR y el PJ, nunca quisieron cambiar nada de fondo. Les sirve que sigamos como descarte de este sistema, porque esa miseria beneficia a los de arriba: las grandes patronales a las que responden y de las que también se benefician. Ahora el gobierno de Milei, de ultraderecha, te vende como la gran solución contra la delincuencia la baja de la edad de imputabilidad. Pero los que vivimos en el barrio sabemos que eso es más de lo mismo. Quieren meter preso a un pibe/a de 13 años que nació en una casa donde no hay para comer porque no te garantizan el derecho al trabajo, a la educación, a la salud, y ahora te sacan hasta la copa de leche y los merenderos.
Es fácil decir que la culpa es de los padres. Pero ¿qué hace un padre que tiene que laburar 14 horas en negro para comprar lo básico? ¿O una madre que no tiene jardín donde dejar a sus changuitos? Los chicos se crían en la calle porque el sistema les cierra la puerta de la escuela. La historia de El Chingo y Punta Diamante no es solo una de golpes, también es de resistencia y lucha. En 2017 la empresa EJESA quería meter máquinas para cobrarnos tarifazos que no podíamos pagar, los vecinos nos organizamos en asamblea y nos plantamos en la entrada de Punta Diamante y tuvieron que irse. Lo mismo pasó en el 2020, durante la pandemia, nos querían instalar un crematorio al lado del río Xibi Xibi, en medio de nuestro barrio, como si fuera un basurero. Otra vez, cierre de entrada y peleamos un mes entero, enfrentamos a la policía y la represión. Tuvieron que recular e irse. Esas peleas son ejemplo de que cuando se levanta el barrio y se lucha, se puede ganar.
Hoy, en este 2026, la calle habla. Las ferias de Alto Comedero, la Medalla Milagrosa o la de Copacabana están estalladas. No es emprendedurismo, es supervivencia pura. Cada vez hay más chicos vendiendo chocolates o haciendo música en los colectivos porque el laburo genuino sigue retrocediendo, y más que nunca bajo el plan de ajuste de Milei y los gobernadores. La baja de la edad de imputabilidad que votaron en el Congreso no va a cambiar nada en términos de seguridad. Lo que va a hacer es convertir a las cárceles en depósitos de menores, mientras los grandes narcos y los policías que liberan las zonas siguen tomando café en el centro. Milei te dice: si robás para comer, vas preso; si sos un banquero y robás el futuro de una generación, sos héroe del mercado.
El desafío de darse una salida: organizar la nueva clase trabajadora. La comparación es clara: en el 2005 te daban palos por robar un sándwich; en el 2026 te quieren dar cárcel por ser joven, pobre y desocupado. No hay que comerse el verso. La solución no va a venir de arriba, de los mismos que nos vienen cagando desde el 2001. La única que nos queda es la unidad y la organización de los trabajadores, por abajo, de aquellas docentes, enfermeras y profesionales, que día a día ponen el cuerpo para sostener la educación y la salud pública, pese al desfinanciamiento y los salarios de pobreza; los que mueven el transporte, los servicios y las industrias, unirse a aquellos trabajadores precarios y en negro, los que viven de las changas y el rebusque diario, y que vivimos en esos barrios que son el descarte del gobierno y el sistema. Somos una nueva clase trabajadora, que el régimen capitalista busca todo el tiempo dividirnos, fragmentarnos, que nos peleemos entre nosotros, que, si alguien tiene un poquito más, que vea con malos ojos a los que están peor. La salida viene por unir los que ellos quieren dividir. Esa es la unidad que les duele: que el barrio deje de ser el patio trasero para pasar a ser parte de una sola fuerza que luche por el trabajo genuino, por el reparto de las horas de trabajo y por un plan de obras públicas que urbanice de verdad nuestros barrios.

che dejen de llorar milei tiene razon los pibes chorros tienen que saber q si la hacen la pagan el punitivismo no es trampa es justicia dejen de defender delincuentes y trabajen vagos de mierda firmado el gaucho de la 9
para mi milei es un facho de mierda quiere bajar la imputabilidad pa encerrar pibes pobres mientras los ricos chorean en punta diamante sabemos q la unica salida es organizarse no el garrote basta de hambre y exclusion la culpa la tiene el capitalismo abajo el gobierno genocida firmado el chino de la villa