La Argentina de Javier Milei muestra una foto del mercado laboral que es para agarrarse la cabeza: hay más población ocupada, el desempleo se mantiene estable, pero se destruyeron casi 250.000 trabajos registrados y explotaron 600.000 empleos informales. Así lo calculó Luis Campos, investigador del Instituto de Estudios y Formación de la CTA Autónoma, a partir de datos oficiales del INDEC.
Las cifras son contundentes: en el primer trimestre de 2026, la desocupación fue del 7,8% (prácticamente igual que un año antes), pero la informalidad saltó al 44,2%, dos puntos y pico más que en el mismo período de 2025. En los 31 aglomerados urbanos que releva la EPH, eso son casi 6 millones de personas. Si se proyecta al conjunto del mercado laboral, la cifra se acerca a los 10 millones de trabajadores y trabajadoras en negro.
Para cualquier otro país latinoamericano, estos números podrían ser relativamente aceptables. Pero para la Argentina, es un cuadro dramático: se está modificando la estructura misma de las relaciones laborales y, lo que es peor, se está rompiendo el vínculo del trabajador con la organización gremial. La subjetividad social sobre la representación política y sindical, un rasgo distintivo de la sociedad argentina, se está alterando a toda máquina.
El Centro de Economía Política Argentina (CEPA) informó que, desde que asumió Milei hasta marzo de 2026, cerraron 26.448 empresas. El universo de empleadores registrados pasó de 512.357 a 485.909, un ritmo de 31 empresas por día. La continuidad de políticas que degradan el entramado productivo y laboral expanden la economía informal como un cáncer.
¿Qué pasa con la representación política cuando una parte creciente de la fuerza laboral queda fuera de la organización gremial y, por lo tanto, de la red de cobertura previsional y de salud? El trabajador informal tiene menos previsibilidad, la urgencia cotidiana le impide proyectar el futuro. La política, entendida como intervención en el entorno cercano para modificar la realidad, se vuelve algo ajeno. La organización colectiva se hace cada vez más difícil.
Vale la pena rescatar al sociólogo francés Robert Castel, que describió la informalidad laboral como una de las expresiones más claras de la crisis contemporánea y un síntoma de la destrucción de las protecciones sociales. Castel recordaba que el paso de la servidumbre al trabajo asalariado libre se logró con dos pilares: el derecho laboral y la protección social. En la llamada sociedad salarial de la posguerra, tener un contrato formal no solo significaba un ingreso, sino que daba identidad, derechos y certidumbre hacia el futuro. El trabajo formal era el principal soporte del individuo, le daba independencia y capacidad de acción.
Con el avance de las políticas neoliberales desde los ’90, Castel advirtió que la desregulación destruyó la estabilidad y alentó la informalidad y la precarización. El trabajo informal y el desempleo empujan a los trabajadores a una zona de vulnerabilidad o precariedad. En ese estado, pierden las protecciones que estructuran sus vidas y quedan librados a la inestabilidad.
El riesgo de naturalizar la informalidad y la flexibilización, como promueve la Argentina de Milei, es que presiona a los trabajadores a renunciar a sus derechos a cambio de ingresos de supervivencia. Castel advertía que, cuando la informalidad se vuelve estructural, se agrava el proceso de desafiliación social: el individuo pierde su inserción en el mercado de trabajo formal y, al mismo tiempo, se fragilizan sus lazos comunitarios. La informalidad no es solo un problema económico, es una ruptura en la pertenencia social.
Argentina tiene una historia sindical de elevada densidad que la diferencia de otras experiencias regionales. Pero el debilitamiento deliberado de las organizaciones gremiales por parte de la representación política del poder económico, hoy ejercida por Milei, y también por la complicidad de algunos dirigentes sindicales, está definiendo una transformación estructural.
La sociedad laboral del establishment impone que tener trabajo no implique estabilidad ni posibilidad de proyectar un futuro mejor. Solo entrega la posibilidad de buscar el ingreso inmediato para la subsistencia. La eventualidad de un proyecto colectivo pierde terreno frente a la supervivencia individual.
Gran parte de quienes pierden el empleo formal no pasan directamente a la desocupación, sino que quedan atrapados en el llamado empleo-refugio. Ahí sobresalen los vinculados a plataformas como Uber, Cabify, Rappi o PedidosYa. Las estadísticas laborales los anotan como ocupados, pero la calidad de esos empleos es de menor rango.
Según el último informe del INDEC, el Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas explica que en los últimos tres años se expandió el rebusque a través del autoempleo, mientras se redujeron los puestos de trabajo formales, consolidando un deterioro en las condiciones de inserción laboral. El cuentapropismo pasó de 22,0% a 24,2% entre el primer trimestre de 2023 y el de 2025, el nivel más alto de los últimos años, excepto la pandemia.
Un informe de EDIL, del IIEP-UBA-Conicet, coordinado por Roxana Maurizio y Luis Beccaria, apunta que la actividad económica se recupera en algunos sectores pero sin generar empleo formal. En comparación con 2023, la tasa de empleo cayó 0,2 puntos porcentuales. El INDEC informó que la economía creció 2,3% en el primer trimestre de este año, con caídas de la industria y la construcción, y avances en sectores primarios, la intermediación financiera y hoteles y restaurantes.
La economía crece poco, pero crece, sin generar puestos de trabajo de calidad. Acá aparece uno de los objetivos del programa liberal-libertario: además de la baja de los costos laborales, el nudo central de la estrategia oficial es alterar la relación de fuerzas entre capital y trabajo. Para consolidar este escenario, la informalidad laboral funciona como una herramienta para diseñar un mercado de trabajo flexible, de bajo costo y sin la red de protección sindical.
El debate laboral es, por lo tanto, político. Con casi la mitad de los trabajadores en la informalidad, se va configurando un mercado laboral precario y débil para discutir condiciones y salarios. La desarticulación del proyecto productivo por parte del modelo de Milei deriva en el retroceso del trabajo registrado. La desindustrialización, el cierre de pymes y la fragilidad del mercado interno, con salarios deprimidos y sindicatos debilitados, son las condiciones materiales para rediseñar la sociedad argentina, para que sea más parecida a la peruana o ecuatoriana que a la Argentina pasada de integración y movilidad social ascendente.

Para mí estos zurdos de la CTA y Kicillof inventan números para tapar su mugre. 10 millones en negro? Me parece que son ñoquis viviendo del plan. Milei labura como un burro para arreglar el quilombo que dejaron. Vayan a laburar, vagos de mierda, y dejen de joder con estadísticas truchas. La libertad avanza, cagones!
Para mí este gobierno de mierda nos está clavando el visto. Diez millones en negro y 26 mil empresas cerradas, mientras los amigos de Milei se llenan los bolsillos. Esto huele a entrega total. ¡Basta de ajuste, carajo! Viva la lucha obrera. Firma: El Che de las Villas