Cuando dejó Mercedes, Corrientes, para estudiar Agronomía en la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), Sofía Cano Alfañar no imaginó que años más tarde investigaría en algunos de los centros académicos más prestigiosos del mundo. Hoy, a los 34 años, la correntina cursa un doctorado en Holanda, tras haber trabajado y estudiado en Estados Unidos, Hungría y España, en una trayectoria que comenzó entre campos, arrozales y una temprana fascinación por las plantas y la naturaleza.
Su historia está lejos de ser lineal. Incluye mudanzas, desafíos con el idioma, becas internacionales, años de trabajo en laboratorios de genética vegetal y una constante búsqueda de formación. Pero también conserva la impronta de aquella joven que encontró en el agro una vocación y que hoy trabaja en proyectos que buscan transformar residuos vegetales en nuevas fuentes de proteínas para consumo humano. Busca revalorizar residuos de plantas del tomate.
Nació y creció en Mercedes, una ciudad profundamente vinculada a la producción agropecuaria. Su familia no era propietaria de campos, pero mantenía una estrecha relación con la actividad rural. “Mi padre y mis tíos siempre tuvieron una relación con el sector, pero como mecánicos; arreglaban maquinarias para el campo”, recuerda.
Su infancia transcurrió entre la escuela, los paisajes rurales y una curiosidad permanente por la naturaleza. Sin embargo, hubo un momento que marcó un cambio decisivo en su vida. “Pasé de compartir un salón de clase con 30 compañeros a compartir uno con solo 17. Eso me cambió completamente porque me potenció y descubrí una Sofía responsable que disfrutaba estudiar”, cuenta.
Ese cambio ocurrió cuando durante la adolescencia dejó la escuela pública para ingresar a un colegio privado. Allí comenzó a destacarse académicamente y descubrió capacidades que hasta entonces permanecían ocultas: “Pude pulir lo que quizás tenía escondido, pero por nunca haber sido estimulada”.
Hacia el final del secundario ya tenía una decisión tomada: quería estudiar una carrera universitaria vinculada con el agro. “Siempre quise trabajar en el campo porque me gustaban mucho las plantas, recorrer los arrozales y el contacto con la naturaleza. La parte biológica era lo que me interesaba”, señala.
La confirmación llegó durante una experiencia escolar en el INTA de Mercedes. “Cuando estaba en la escuela hicimos unas prácticas en el INTA y me encantó y terminó de confirmar que mi carrera era Agronomía, no tuve dudas”, relata. Así ingresó a la UNNE. Los años universitarios ocupan un lugar especial en su memoria. “De todas las experiencias que tengo de todos los lugares que he vivido, la vida universitaria fue por lejos la mejor”, afirma.
Más allá de los contenidos académicos, destaca el espíritu de compañerismo que encontró en la carrera. “Agronomía es muy fraternal. Todos nos ayudábamos los unos con los otros. Estudiábamos juntos, nos alegrábamos cuando salíamos bien, nos poníamos tristes cuando salíamos mal y volvíamos a estudiar”, rememora.
Se recibió en 2016. Sin embargo, una vez obtenido el título, comenzó una etapa de incertidumbre. Sintió que no encajaba en ninguna rama, ni en ventas de agroquímicos ni en producción. Fue entonces cuando descubrió que su verdadero interés estaba en la investigación científica. “Me di cuenta de que era muy aplicada, muy persistente, entonces me tiré más para el lado de la investigación”, señala.
El camino no fue sencillo. Mientras muchos investigadores construyen su perfil científico desde los primeros años de la facultad, la joven había concentrado sus esfuerzos en avanzar con las materias y graduarse. “Me encontré diciendo ‘soy ingeniera agrónoma, sí, pero eso no es suficiente’”, recuerda.
Volvió al INTA Mercedes y comenzó a buscar oportunidades para iniciar una carrera científica. Paralelamente, un intercambio académico que había realizado en Brasil durante la facultad le abrió una nueva perspectiva: “Me abrió la cabeza de querer estudiar afuera del país”.
A través de un compañero logró contactarse con un profesor argentino radicado en Estados Unidos y graduado también en la UNNE. La oportunidad llegó en 2018, cuando viajó a la Universidad de Florida. Su objetivo era comenzar una maestría, pero rápidamente descubrió que debía superar un obstáculo importante: el idioma. “Mi nivel de inglés no era el solicitado para entrar a la universidad en un programa de maestría”, cuenta.
Lejos de rendirse, decidió aprovechar la experiencia para ganar formación y perfeccionar el idioma. Comenzó trabajando en un programa de mejoramiento genético de forrajes, una temática que le resultaba familiar por su vínculo previo con el INTA Mercedes. Más tarde pasó a un grupo especializado en genética molecular y biotecnología vegetal. “Fue un crecimiento enorme para mí”, resume sobre esos años.
Durante tres años y medio acumuló experiencia, fortaleció su perfil científico y finalmente logró aprobar los exámenes de inglés requeridos para acceder a estudios de posgrado. Entonces comenzó a postularse a becas internacionales. “Uno aplica a varias, es como poner los huevos en distintas canastas”, explica.
La propuesta que finalmente eligió la llevó a Europa. Así, entre 2021 y 2023 cursó una maestría internacional que combinó estudios en Hungría y España. La experiencia incluyó también una etapa de trabajo para Syngenta en programas de mejoramiento genético. Posteriormente decidió sumar experiencia en el sector privado y realizó una pasantía en los Países Bajos. Allí trabajó para una empresa especializada en semillas hortícolas. “Quería tener una experiencia en la industria”, explica.
La experiencia resultó transformadora. Holanda la cautivó tanto por su nivel tecnológico como por la relevancia que tiene la agricultura dentro de la economía y la investigación. Tras concluir la maestría regresó por un tiempo a Estados Unidos, pero ya tenía claro cuál sería el siguiente paso. “Era necesario hacer el último paso para terminar de formarme como investigadora y hacer el doctorado”, señala.
En noviembre de 2024 comenzó su doctorado en Wageningen University & Research, considerada una referencia mundial en ciencias agrarias. “Cualquier persona que estudie agronomía sabe lo que es esta universidad a nivel académico”, afirma.
Actualmente integra un grupo de investigación vinculado a la bioeconomía y al agregado de valor de materiales vegetales. Su trabajo apunta a uno de los desafíos que enfrentan hoy los sistemas productivos: aprovechar residuos agrícolas que normalmente son descartados. “Mi proyecto es tratar de valorizar los residuos de las plantas del tomate”, explica.
La investigación busca extraer compuestos de interés económico de esos restos vegetales. “En mi caso es extraer proteínas de las hojas de la planta para consumo humano como proteína alternativa”, detalla. El objetivo es generar nuevas oportunidades productivas a partir de materiales que actualmente tienen poco valor comercial.
Por ahora no tiene previsto regresar de inmediato a la Argentina. Su meta es completar el doctorado en el Departamento de Mejora Genética Vegetal para luego hacer el salto definitivo a la industria de semillas y biotecnología en Europa. “Me gustaría terminar el doctorado y poder finalmente dar el paso hacia alguna empresa del sector”, señala.

Para mí es un choreo que manden guita a Holanda para hacer proteínas de tomate mientras acá la gente se muere de hambre. Esto huele a progres queriendo imponer su basura vegana. Viva la carne argentina y los productores locales, no esta mierda.
Para mí esta piba es la excepción que confirma la regla. Mientras ella investiga residuos de tomate, los dueños del campo se llenan de guita exportando soja transgénica que nos envenena a todos. El sistema capitalista es el que genera el hambre, no los residuos. Viva la ciencia socializada, abajo los agroexportadores sanguinarios. Firma: La Comandanta Juana