La victoria de la Selección Argentina frente a Inglaterra no fue un partido más. Lo supimos acá, pero también en Bangladesh, en Palestina, en Escocia, en Irlanda y en cada rincón del mundo donde el colonialismo dejó su marca. Durante noventa minutos, millones de personas alentaron a Argentina como si fuera su propia selección. El estadio de Atlanta fue testigo de un hecho inédito: cuando sonó el himno británico, la hinchada lo tapó con el canto “El que no salta es un inglés”, acompañado de silbidos y abucheos. No era solo la hinchada argentina; era el mundo.
Las imágenes recorrieron el planeta: calles repletas de camisetas albicelestes en Daca, bares colmados en Montevideo, mensajes de apoyo desde Palestina, caravanas improvisadas en ciudades latinoamericanas, europeas y asiáticas. Ninguno de esos pueblos disputaba una final, pero sintieron que el partido también les pertenecía. Porque cuando Argentina enfrenta a Inglaterra, el fútbol deja de ser solamente fútbol.
Para los argentinos, Inglaterra no es solo una selección: es la potencia que ocupa las Islas Malvinas. Pero para muchos otros pueblos, Inglaterra tampoco es un simple rival deportivo. Fue el mayor imperio colonial de la historia y dejó una huella profunda en Asia, África, Medio Oriente y Europa. En Bangladesh, cuya historia está marcada por la colonia británica en el subcontinente indio, una victoria argentina frente a Inglaterra se vive como una revancha simbólica contra un viejo dominador. En Irlanda o Escocia, por razones distintas, existen memorias históricas que explican simpatías difíciles de comprender si el análisis se limita al deporte y a la figura de Messi. Se revive aquel momento, hace 40 años con Maradona: un clásico contra el imperio inglés.
El partido movilizó algo que existía mucho antes del inicio del juego. Durante unas horas, salió a la superficie una comunidad de sentimientos que desbordó cualquier frontera. Las redes sociales mostraron ciudades enteras pobladas de mensajes de apoyo desde países que no tenían nada en juego en términos deportivos, pero sí mucho en términos históricos y políticos. Millones de personas sintieron que también era su partido. La defensa nacional frente a las distintas formas de dominación que todavía padecen muchos países. Cada pueblo proyectó en ese partido una parte de su propia historia.
En las redes comenzó a repetirse la frase: “Un argentino nace donde quiere”. No hablaba de nacionalidad, sino de identificación. Ser argentino, por un momento, significó asumir como propia una causa que trascendía las fronteras. No porque desaparecieran las identidades nacionales, sino porque una causa nacional podía despertar la solidaridad de otros pueblos. Significa sentir que la derrota del colonialismo, aunque sea en una cancha de fútbol, también es una pequeña victoria propia. Ese sentimiento tiene nombre: se llama fraternidad entre los pueblos. Tiene el aroma del internacionalismo, el que entiende que la lucha de un pueblo por su soberanía puede ser abrazada por muchos otros. Que Malvinas no es solamente una causa argentina, como Palestina no es solamente una causa palestina. O como la defensa de cualquier pueblo frente a la opresión interpela a quienes conocen, por experiencia propia, lo que significa el colonialismo o la dependencia.
Claro que un partido no recupera las Malvinas, ni modifica las relaciones de fuerza entre las potencias, ni pone fin a las formas contemporáneas del imperialismo. Pero sí revela algo que existe: una sensibilidad popular profundamente antiimperialista que rara vez encuentra una expresión tan masiva y tan espontánea. Y hubo otro dato significativo: los protagonistas del festejo no fueron los gobiernos ni las élites económicas. En muchos lugares, los trabajadores impusieron un paro de hecho; la rutina laboral quedó suspendida por horas. La producción cedió paso al abrazo, a los bocinazos, a las caravanas y a las banderas. Como ocurre en las grandes jornadas populares, las calles dejaron de pertenecer por horas a la circulación y al consumo para volver a pertenecer a quienes las habitan y las trabajan. Fueron los trabajadores, los jóvenes y los barrios populares quienes hicieron suyo el espacio público y transformaron una victoria deportiva en una celebración colectiva.
Esa apropiación popular también marcó un contraste con el gobierno de Javier Milei. Mientras el Presidente reivindica públicamente a Margaret Thatcher y profundiza un alineamiento político con las grandes potencias occidentales, las calles expresaron otra sensibilidad. La causa Malvinas no pertenece a un gobierno; pertenece al pueblo argentino. Y, por unas horas, también perteneció a miles de personas que, desde otros países, la sintieron como propia. Quizás esa haya sido la enseñanza más interesante del partido: no solamente que Argentina derrotó a Inglaterra, sino que, durante noventa minutos, millones de personas demostraron que la solidaridad entre los pueblos no es una consigna vacía. Existe. A veces permanece silenciosa, pero cuando una causa logra condensarla, aparece con una fuerza extraordinaria.
Otro sentimiento dejó el partidazo de la Selección: la pasión por unirse, la fuerza para pelearla hasta el final arrojó la victoria. Pudo torcer desde los pronósticos más adversos hasta las prohibiciones que buscaron impedir que las tribunas se llenaran de las banderas y los símbolos que el pueblo hizo propios. Y esto va de lleno contra esos que continuamente dicen que no se puede, que hay que resignarse. Nada más alejado del espíritu del equipo argentino, que habla del espíritu del pueblo trabajador argentino: la pasión, la resiliencia y pelearla como la ha peleado a lo largo de toda su vida e historia. Los jugadores también desafiaron los límites impuestos por la FIFA al desplegar la bandera por Malvinas, y habrá que ver si les aplicará una multa. Esto también se vio a lo largo del mundial: los dueños del negocio actuaron como patrones de estancia, obedeciendo directivas del presidente Donald Trump o abrazando a la corona inglesa. Lo dejaron en claro, pero no pudieron.
En este sentido, la jornada de ayer ha sido un triunfo simbólico sobre el imperialismo. Y también nos dejó un recordatorio: si millones de personas pueden sentirse parte de una misma causa por un partido de fútbol, imaginá la fuerza de esa unidad si se expresara para transformar la realidad. ¿Qué haría esa fraternidad por la derrota del Estado de Israel y el apoyo al pueblo palestino? ¿O qué haría por el triunfo de una nación como Argentina o Bolivia si se liberara de la expoliación a la que los gobiernos títeres del imperialismo los someten, o del mismo modo de tantos países sojuzgados, para construir naciones verdaderamente libres?

Para mí esto es una cachetada al imperio yankee, giles. Mientras ellos lloran, el mundo entero festeja como si Argentina hubiera ganado la guerra. De Bangladés a Palestina, todos saben que este triunfo huele a liberación nacional. ¡Viva la revolución, carajo! Extrema izquierda forever.
para mi es una verguenza q festejen con argentina somos un pais libre no un simbolo para zurdos de mierda viva la libertad carajo