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martes 21 de julio
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Sociedad

El apagón que expuso la crisis: mujeres jujeñas, las que sostienen la vida y las luchas

Mientras Milei y Sadir ajustan, las trabajadoras jujeñas cargan con el peso de sostener la vida cotidiana. Un apagón masivo dejó al descubierto la falta de inversión y la desigualdad que recae sobre mujeres y diversidades. Una investigación del PTS y Pan y Rosas analiza la crisis de la reproducción social.

Por · Publicado: julio 21, 2026
El apagón que expuso la crisis: mujeres jujeñas, las que sostienen la vida y las luchas

En Jujuy, el viento Norte no solo voló techos y tiró postes: dejó al descubierto la crisis que las trabajadoras vienen sosteniendo en silencio. Mientras Milei y Sadir profundizan el ajuste, las mujeres y las diversidades trabajadoras vuelven a cargar con el mayor peso de sostener la vida cotidiana. No es casual que también aparezcan una y otra vez en la primera línea de las grandes luchas jujeñas.

La investigación impulsada por la Juventud del PTS, Pan y Rosas e Independientes de Humanidades parte de esa contradicción para debatir cómo organizar una salida desde la clase trabajadora. El estudio, titulado ‘Las que sostienen la vida también sostienen las luchas’, analiza cómo el ajuste golpea con más fuerza a quienes realizan las tareas de cuidado y reproducción social.

El apagón que afectó a miles de familias durante días no fue un accidente climático. Fue la consecuencia de la falta de inversión de EJESA y la complicidad de un gobierno que autoriza tarifazos mientras protege el negocio privado de la energía. Las consecuencias recayeron de manera profundamente desigual sobre las mujeres y las diversidades trabajadoras. No por una esencia femenina del sacrificio, sino porque el capitalismo organiza la reproducción cotidiana de la vida descargando sobre ellas las tareas que hacen posible que la sociedad siga funcionando.

Cuando una empresa deja a un barrio sin luz, no desaparecen las necesidades de alimentarse, cuidar, estudiar o conservar un medicamento. Esas tareas se trasladan a los hogares y deben resolverse con más tiempo, más esfuerzo y recursos que muchas familias ya no tienen. Lo que el Estado y las empresas no garantizan, alguien tiene que sostenerlo.

En los últimos días, el viento Norte que azotó la provincia volvió visible esa realidad de manera brutal. Miles de familias permanecieron sin energía eléctrica durante horas y, en algunos casos, varios días. En los barrios populares, los cortes implicaron perder alimentos y medicamentos, sufrir la rotura de electrodomésticos y reorganizar la vida cotidiana para compensar un servicio que ni la empresa ni el Estado garantizaron.

El apagón no fue un episodio aislado. En las últimas semanas, distintos informes volvieron a mostrar una realidad que las trabajadoras jujeñas conocen desde hace años. La provincia encabeza el déficit habitacional del país. Las mujeres alcanzan mayores niveles educativos que los varones, pero continúan percibiendo menores ingresos. La precarización laboral crece, el pluriempleo se convierte en una necesidad para miles de familias y cada vez más personas encuentran en las ferias o en trabajos informales una estrategia para completar ingresos.

Al mismo tiempo, la educación y la salud públicas funcionan bajo una presión creciente. Las docentes sostienen escuelas atravesadas por la pobreza y el deterioro social. Las trabajadoras de la salud intentan responder con menos recursos a demandas cada vez mayores. El agotamiento, el burnout, las licencias por salud mental y el consumo de psicofármacos aparecen cada vez con más frecuencia como respuestas individuales a problemas profundamente sociales.

Las noticias llegan fragmentadas. Un artículo habla del salario docente. Otro del déficit habitacional. Otro de las desigualdades de género. Otro del empleo. Otro del aumento de las consultas por salud mental. Todos hablan de una misma crisis: la creciente dificultad de la clase trabajadora para sostener la reproducción cotidiana de la vida, es decir, para sobrevivir y llegar a fin de mes.

Desde el feminismo socialista, esa realidad tiene un nombre: crisis de la reproducción social. No se trata solamente de una caída de los salarios o del deterioro de los servicios públicos. Es una crisis de las condiciones materiales que hacen posible sostener cotidianamente la vida. Cuando el Estado deja de garantizar un derecho, ese derecho no desaparece. Alguien reorganiza los horarios para cuidar a una persona mayor. Alguien hace rendir un salario que ya no alcanza. Alguien acompaña una trayectoria escolar que se vuelve cada vez más difícil. Alguien contiene un sufrimiento que las instituciones ya no alcanzan a responder.

Las crisis no afectan a todas las personas de la misma manera porque el capitalismo tampoco distribuye de la misma manera el trabajo necesario para sostener la vida. Existe una ironía profundamente estructural en esa organización. Mientras descarga sobre las mujeres buena parte del trabajo reproductivo, las coloca también en el lugar donde primero se vuelven visibles las consecuencias de cada crisis. Son ellas quienes ven deteriorarse la escuela y luego llegan a un hogar donde ese mismo deterioro vuelve a aparecer. Quienes escuchan el hambre en el aula y después hacen rendir un salario que ya no alcanza. Quienes sostienen hospitales desfinanciados y luego cuidan familiares que tampoco encuentran respuestas en el sistema de salud. Quienes venden menos en la feria y después vuelven a una mesa donde también hay menos comida.

Esa posición no produce automáticamente conciencia política. Pero sí una experiencia singular. Las mujeres no ven antes la crisis porque sean mujeres. La ven antes porque el sistema las colocó en el lugar donde la crisis se vuelve imposible de ocultar.

La docencia ocupa un lugar particular dentro de esa trama. No solamente porque sea uno de los sectores más feminizados de la provincia y del país, sino también porque la escuela cumple una función central dentro de la reproducción social. No solamente enseña. También escucha. Registra. Anticipa. Allí aparecen, antes que en cualquier estadística, el hambre, el endeudamiento, el abandono escolar, el agotamiento de las familias y el deterioro de las condiciones de vida. Antes de que un informe registre el aumento de la pobreza, una docente ya advirtió que una niña llegó sin desayunar. Antes de que se publique un índice sobre desigualdad, ya escuchó que una familia tuvo que abandonar el alquiler para mudarse con otros parientes o quedó en situación de calle. Antes de que aparezcan los datos sobre salud mental, ya acompañó a una estudiante que no pudo más.

La investigación del PTS, Pan y Rosas e Independientes de Humanidades busca debatir cómo organizar una salida desde la clase trabajadora. No se trata de un análisis abstracto: parte de la experiencia concreta de las mujeres y diversidades trabajadoras de Jujuy, que día a día sostienen la vida mientras enfrentan el ajuste de Milei y Sadir. La pregunta que queda flotando es: ¿hasta cuándo van a seguir cargando solas con todo?

Comentarios

  1. Para mí este apagón es la joda del capitalismo, Milei y Sadir nos dejan a oscuras mientras nosotras bancamos todo. ¡Me parece una cachetada! La reproducción social la sostienen las mujeres jujeñas, no el Estado. Esto huele a ajuste de mierda. ¡A romper todo, compañeras, solo la lucha nos salva!

  2. otra vez llorando las feminazis no se bancan un cortecito de luz si no les gusta jujuy rajense milei los va a arreglar todo dejen de hinchar son unas vagas que quieren vivir del estado #FuerzaMilei #VamosCarajo

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