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Sociedad

El frío del piso: crónica de una internación en salud mental en tiempos de ajuste

Una crónica íntima sobre la internación psiquiátrica, la violencia institucional y cómo el ajuste de Milei golpea a las mujeres y a la clase trabajadora.

Por · Publicado: julio 21, 2026
El frío del piso: crónica de una internación en salud mental en tiempos de ajuste

El piso estaba helado. Pero el frío no venía solamente de las baldosas. Venía de pasar la noche allí, sin poder dormir. De haber presenciado a mi compañera de habitación atravesar una crisis mientras la respuesta que circulaba era la posibilidad de atarla a una cama. De sentir que una institución pensada para cuidar podía convertirse, también, en una de las formas más profundas de la soledad.

No era la primera vez que una práctica así aparecía frente a mis ojos. Tampoco era una excepción. Era parte de una rutina. Y quizá esa sea una de las formas más difíciles de la violencia institucional: cuando deja de sorprender.

Durante años imaginé el manicomio como un edificio lejano, con puertas cerradas y personas aisladas del mundo. Después comprendí que las prácticas manicomializantes pueden sobrevivir incluso cuando las puertas se pintan de inclusión, cuando los discursos hablan de derechos y cuando las internaciones son mucho más breves.

El manicomio no es solamente un lugar. Es una forma de organizar el cuidado. Persiste cuando la palabra de quien atraviesa una crisis vale menos que un protocolo. Cuando una sobrecarga sensorial en una persona autista encuentra como respuesta casi automática medio comprimido extra de clonazepam, en lugar de alguien que intente comprender qué está ocurriendo. Cuando el objetivo deja de ser acompañar para convertirse en administrar riesgos. Cuando la prioridad pasa a ser que la institución funcione, aunque las personas que la habitan dejen de sentirse cuidadas.

Las formas más visibles de esa lógica son conocidas: la sobremedicación, las sujeciones físicas, la coerción. Pero existen otras violencias, más silenciosas y persistentes. Esperar durante horas. Pedir ayuda varias veces antes de obtener una respuesta. Sentir que el sufrimiento debe adaptarse a los tiempos de la institución. Escuchar una y otra vez que “la recuperación depende de vos”, mientras las condiciones materiales para sostener esa recuperación desaparecen.

Sería cómodo explicar todo esto diciendo que existen profesionales indiferentes. También sería falso. Quienes trabajan en salud mental llegan, muchas veces, exhaustos. El personal de enfermería sostiene guardias interminables. Psicólogas, psiquiatras, trabajadoras y trabajadores sociales intentan acompañar en instituciones atravesadas por la falta de recursos, salarios deteriorados y estructuras administrativas que consumen tiempo y energía.

La violencia institucional no nace, en primer lugar, de la maldad individual. Es el resultado de instituciones organizadas para administrar la escasez antes que para producir bienestar. Cuando una guardia funciona con menos personal del necesario, alguien esperará. Cuando una enfermera lleva más de veinte horas trabajando, el cansancio también forma parte del tratamiento que recibirán quienes se encuentran internados. Cuando el tiempo desaparece, la escucha desaparece con él.

No hay una pelea entre personas usuarias y profesionales de la salud. Hay una misma estructura que deteriora el cuidado para unas y las condiciones de trabajo para otras.

Las instituciones producen algo más que tratamientos. Producen relaciones de poder. La burocracia suele presentarse como una cuestión administrativa. Formularios. Protocolos. Registros. Jerarquías. Pero también organiza quién decide, quién espera, quién habla y quién es escuchado. Cuando los procedimientos pesan más que las personas, la burocracia deja de ser un instrumento para convertirse en una forma de violencia.

La persona internada deja de ser alguien con una historia, un trabajo, vínculos, deseos y proyectos. Se deshumaniza y se convierte en una cama; en un diagnóstico; en un expediente. Pero esa misma lógica también alcanza a quienes trabajan allí. La enfermera deja de ser quien acompaña para transformarse en quien debe repartir medicación en una guardia imposible. El psiquiatra deja de tener tiempo para construir un vínculo. La trabajadora social acumula casos que exceden cualquier posibilidad real de seguimiento. La institución también les arrebata parte de su capacidad de cuidar.

Durante mis internaciones conocí principalmente mujeres. Muchas eran docentes; otras trabajadoras estatales; había jubiladas, trabajadoras precarizadas, jóvenes expulsades tempranamente del sistema educativo y personas atravesadas por consumos problemáticos. Incluso con el paso del tiempo se sumaron algunas estudiantes universitarias, que en general no abundaban. Muches ya nos conocíamos, más de una internación, más de una “recaída”.

Nada de esto me parece casual. Es un retrato de la sociedad. Las mujeres continúan sosteniendo una parte desproporcionada de las tareas de cuidado y de reproducción social. Trabajan dentro y fuera de sus hogares, cuidan niñas, niños, personas mayores y familiares enfermos, mientras intentan sobrevivir a salarios que pierden poder adquisitivo y a jornadas cada vez más extensas.

Tampoco es casual que profesiones como la enfermería estén profundamente feminizadas. Quienes sostienen cotidianamente el cuidado también lo hacen bajo condiciones crecientemente precarizadas. El capitalismo descarga sobre las mujeres buena parte del trabajo necesario para reproducir la vida y, cuando ese peso se vuelve insoportable, responde individualizando el sufrimiento. Y ahí también, están las mujeres en la primera línea de cuidado.

La pregunta deja de ser por qué tantas mujeres llegan al límite y pasa a ser cómo lograr que vuelvan a funcionar.

Nada de esto comenzó con el gobierno de Javier Milei. Las prácticas manicomializantes y el desfinanciamiento de la salud mental tienen una historia larga. Pero el actual gobierno representa un salto cualitativo. Su plan de ajuste no solamente reduce presupuestos. Ataca las condiciones materiales que hacen posible sostener una vida digna. Cada despido, cada recorte en salud, cada derecho laboral perdido. Cada ataque a la educación pública; cada retroceso sobre las conquistas del movimiento de mujeres y diversidades. Todo forma parte de una misma ofensiva.

Mientras se desmantelan las redes que sostienen la vida, cada vez más personas llegan a las instituciones de salud mental atravesadas por sufrimientos que ese mismo modelo social ayudó a producir. Después, el propio sistema les dice que la salida depende exclusivamente de ellas.

Quizá esa sea la violencia más profunda que atravesó toda esta experiencia, convencernos de que nuestros problemas son únicamente nuestros. Que la crisis es un fracaso individual y que la recuperación depende solamente de nuestras herramientas. Que pedir apoyo es una forma de debilidad.

Pero nadie construye bienestar en soledad; no se sale solo de una crisis. Una enfermera no cuida sola después de una guardia de veinticuatro horas. Y mucho menos sostiene sola una familia y todas las tareas de cuidado que el Estado abandona. No transforma sola una institución quien intenta humanizarla desde adentro.

Comentarios

  1. Para mí esto es lo que pasa cuando los gorilas de Milei recortan salud mental mientras se llenan los bolsillos. Las pibas y laburantes siempre en la lona. Me parece una vergüenza, la salud mental es un derecho no un lujo. Milei chorro vos y tu ajuste son una cagada. Fdo: La Gorda de la Fábrica

  2. Para mí este artículo es un lloro de zurdos que no quieren laburar. La salud mental se arregla con familia y laburo, no con plata del Estado. Milei tiene razón: hay que ajustar a los vagos que viven de mis impuestos. Las minas y laburantes necesitan menos psicólogos y más guita en el bolsillo. ¡Viva la libertad, carajo!

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