Javier Milei estuvo en Tucumán en la previa del 9 de julio, rodeado de gobernadores y hablando de independencia mientras negocia condiciones de dependencia con el FMI, con Estados Unidos, con los grandes grupos económicos. Con las provincias atadas al ajuste y a las cajas que administra la Casa Rosada. La escena funciona como una síntesis del momento: un Presidente desgastado (60 % de las personas lo rechazan), con bronca social acumulada, con crisis en su propio gobierno y con una economía que sólo muestra orden para los mercados y los grandes ganadores, logra sentar alrededor suyo a buena parte del sistema político para discutir cómo sigue el experimento.
La pregunta es simple: ¿cómo puede Milei imaginar un segundo mandato con semejante nivel de malestar social? La respuesta es que ese sueño no lo sueña solo. Lo ayudan los “mercados”, lo ayudan los empresarios, lo ayudan los gobernadores, lo ayudan sectores del radicalismo, del PRO y del peronismo. Lo ayuda también la impotencia estratégica del peronismo, que a cada momento le regala una nueva sobrevida.
El oficialismo quiere instalar una idea: la reelección ya empezó. Esa frase más que una fortaleza indiscutible, expresa una apuesta de poder porque intuye debilidad. En la calle hay cansancio. Hay salarios que no alcanzan. Hay jubilados que siguen poniendo el cuerpo todos los miércoles. Hay docentes, estatales, científicos, trabajadores de la salud, obreros despedidos, pequeños comerciantes ahogados, familias. Hay una experiencia social muy concreta con el ajuste. Y, aun así, Milei conserva algo decisivo: un bloque de poder que decidió bancarlo. Y un sistema político que se subordina a ese bloque de poder.
Ese bloque hace cuentas. Mira el ajuste fiscal. Mira la reforma laboral. Mira el RIGI, la apertura de negocios mineros, petroleros, energéticos y financieros. Mira la posibilidad de disciplinar convenios, abaratar despidos, flexibilizar jornadas, garantizar remisión de utilidades y asegurar reglas favorables para el capital por décadas. Milei podrá resultar incómodo, inestable, imprevisible. Para los grandes intereses sigue siendo una herramienta útil. La simpatía importa poco. El cálculo pesa más.
La clase dominante argentina parece haber llegado a una conclusión provisoria: por ahora no tiene un reemplazo mejor ordenado. Puede fantasear con un mileísmo más prolijo, con una versión más amable del mismo programa, pero cuando llegan las votaciones, la conclusión práctica vuelve a ser la misma: sostener la gobernabilidad libertariana. La cuestión de fondo excede el temperamento de Milei. Lo que está en juego es un programa de reorganización social contra los trabajadores.
Por eso la foto con los gobernadores tiene cierta densidad. Es una reunión de administradores políticos de intereses económicos concretos. Los gobernadores rara vez se sientan solos. Detrás de cada uno aparecen petroleras, mineras, cerealeras, “el campo”, contratistas, bancos, constructoras, acreedores, cámaras empresarias, grupos locales de poder. Algunos llegan empujados por Vaca Muerta. Otros por el litio. Otros por la obra pública paralizada. Otros por las cajas previsionales. Otros por el endeudamiento provincial. Otros por la necesidad de que La Libertad Avanza no les rompa el tablero electoral en sus distritos. Cada silla tiene su cadena de mandatos.
Ahí aparece la reforma electoral. El Gobierno discute reglas con una calculadora en la mano. Suspender PASO, habilitar colectoras, endurecer requisitos para partidos, ordenar alianzas opositoras, negociar con aparatos provinciales: cada pieza forma parte de una ingeniería para llegar a 2027 en mejores condiciones.
Mientras tanto, el peronismo se mira el ombligo, pero cuando aparece la pregunta decisiva —qué programa alternativo ofrece frente al ajuste libertariano— la respuesta se vuelve difusa. Frente al FMI, frente a la precarización laboral, frente al extractivismo, frente a los gobernadores que pactan con Milei.
Esa es una responsabilidad histórica. Milei sobrevivió por sus propias iniciativas y por la ayuda de quienes deberían enfrentarlo. La oposición mayoritaria eligió muchas veces administrar el daño. La CGT dejó pasar momentos decisivos, dosificó paros, frenó la continuidad de la lucha y trató la rebelión social como un incendio a controlar. Muchos gobernadores peronistas garantizaron votos, quórum, negociación y estabilidad.
Milei tiene una virtud política, incluso para quienes lo enfrentamos: ordena la escena con una pedagogía brutal, pero pedagógica al fin. Saca a la superficie lo que la política tradicional suele disimular: Milei vuelve visible el conflicto de fondo: clase contra clase.
Ahí está su mérito involuntario. Deja al desnudo un mapa social. De un lado se agrupan quienes quieren bajar salarios, liquidar derechos, privatizar recursos, disciplinar sindicatos, reorganizar el Estado al servicio de los negocios y blindar una Argentina para pocos. Del otro lado está la enorme mayoría que trabaja, estudia, cuida, enseña, cura, produce, transporta, investiga, limpia, cocina, construye y sobrevive. Ellos tienen conciencia de sus intereses. Tienen organización. Tienen medios, jueces, bancos, embajadas, gobernadores, consultoras, lobbies y audacia. Pueden pelearse en televisión y votar juntos en el Congreso. Pueden insultarse en campaña y sacarse fotos en Tucumán.
Los de arriba ya actúan como clase. De este lado no podemos seguir respondiendo como fragmentos. Frente a sus mesas chicas, hacen falta asambleas. Frente a sus pactos de espaldas al pueblo, deliberación democrática. Frente a su disciplina de mercado, una perspectiva colectiva de lucha.
Y hay posibilidades porque más allá de lo que diga el Gobierno, su situación es frágil: tiene un amplio rechazo social, el esquema económico, incluso el financiero es precario y la situación de su principal sostén (Trump) es complicada camino a las elecciones de medio término en EEUU.
Milei sueña con la reelección porque todos los poderes que importan para el régimen lo ayudan. El salto para enfrentar esto no vendrá de una rosca palaciega ni de una candidatura salvadora. Puede nacer cuando la bronca encuentre un programa y cuando el programa encuentre una fuerza política capaz de decir, con la misma claridad con la que ellos defienden sus privilegios, que esta vez la historia no la van a escribir los dueños de siempre.
Ellos tienen clase, conciencia y mando. De este lado hace falta levantar lo mismo, pero al revés: una conciencia de los que producen todo, una audacia que no se conforme con resistir el golpe, sino que se anime a disputar el futuro.

para mi los kukardos lloran xq milei va x la reeleccion ese 60% de rechazo es puro verso de zurdos frustrados los poderes facticos lo bancan xk saben q es el unico q puede salvar este pais de poetas y violines vamos naza carajo
Para mí Milei es un títere de los mismos gorilas de siempre, gobernadores y empresarios chupasangre lo bancan mientras el pueblo se muere de hambre. Reelección? Me parece que solo si nos quedamos dormidos. Yo creo que hay que despertar y luchar contra esta farsa capitalista, no?