El Mundial de fútbol 2026, que se juega en Estados Unidos, México y Canadá, expone algunos de los contrastes más brutales del capitalismo contemporáneo. La FIFA proyectó una recaudación récord de unos 13.000 millones de dólares entre 2023 y 2026, de los cuales unos 8.900 millones se generan directamente con el mundial. Se trata de un salto de escala sin precedentes, casi duplicando la facturación de los Juegos Olímpicos de París 2024 y un 73% más respecto al ciclo de Qatar 2022.
La competencia se amplió de 32 a 48 equipos y de 64 a 104 partidos, ofreciendo más horas de contenido para vender a las cadenas de televisión en horarios premium para el mercado americano y europeo, generando un ingreso total estimado de 3.900 millones de dólares por televisación. En cuanto a la venta de entradas, la capacidad de los estadios norteamericanos permite proyectar más de 5,5 millones de espectadores, lo que da una proyección de 3.000 millones de dólares de facturación, triplicando la recaudación de Qatar. Además, se introdujo por primera vez un sistema de precios dinámicos. El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, declaró que recibieron más de 500 millones de solicitudes para los 7 millones de asientos disponibles.
Para la final en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, la entrada más cara costaba 10.990 dólares, casi siete veces el precio de la entrada más cara para la final de 2022 en Qatar. La FIFA afirma que se han vendido apenas un poco más de 1.000 entradas para la final a 60 dólares. La decisión de mudar el mundial a Estados Unidos también fue una apuesta de negocios. La escala del mercado norteamericano atrajo acuerdos masivos con corporaciones globales y marcas regionales, con una proyección de unos 2.800 millones de dólares de recaudación por este rubro.
Mientras tanto, en la Argentina de Javier Milei, el Congreso se prepara para seguir dándole beneficios a los millonarios del mundo. El contraste es brutal: los millones que se destinan desde los presupuestos públicos de los países anfitriones en seguridad, logística urbana y adecuaciones de transporte que exige la FIFA, contrastan con la escasa atención que reciben quienes más lo necesitan.
En el plano geopolítico, mientras transcurre el mundial, en Medio Oriente lo que circulan son bombas. El Estado de Israel no cede el genocidio contra el pueblo palestino, al tiempo que irrumpe en los débiles acuerdos de cese al fuego con Estados Unidos e Irán, con nuevas oleadas de ataques al Líbano. La represalia de Trump a la selección iraní es humillante: imposibilitados de permanecer en suelo norteamericano, son forzados a viajar para jugar los partidos y salir inmediatamente hacia México después del silbato final.
La desigualdad económica adquiere un carácter obsceno. Elon Musk es el primer billonario de la historia y acapara el equivalente al 46% más pobre del mundo. Un informe de Oxfam reveló que con su fortuna actual, Musk podría darle 100 dólares a cada habitante del planeta y, aun así, seguiría estando dentro del ranking de los 10 más ricos del mundo, con más de 184.000 millones de dólares.

Para mí, los zurdos lloran porque la FIFA y Musk hacen guita mientras Milei pone orden acá. El fútbol es negocio, los ricos pagan, y Palestina me chupa un huevo. Viva la libertad carajo, que se jodan los que lloran.